Cuando me voy de casa

Got a life that I love going back to
Sometimes I wish that I didn’t have to

De pequeña me mudé tantas veces que, cuando la gente hablaba de «el pueblo», nunca entendía a lo que se referían. Me refiero a «El pueblo», como el lugar donde está la casa de tu infancia, donde aprendías a montar en bici, donde las abuelas hacían croquetas, donde podías ir a las casas de tus amigues andando, porque todo el mundo se conocía y todo estaba cerca. El lugar del que querías irte, llegada cierta edad, porque se quedaba pequeño. Y el lugar al que querías volver, llegado cierto momento, porque todo lo demás se hacía demasiado grande.

Y luego, un día dejé de de mudarme, y me quedé en un sitio. Y tuve una casa que más o menos era la casa de mi infancia, y un pueblo donde más o menos podías conocer a todo el mundo, aunque siempre fuera un poco «la nueva». Un día me fui, porque se me quedó pequeño, como se quedan los pueblos a veces, y entonces entendí de lo que hablaba la gente que hablaba de «el pueblo» con rechazo y añoranza a partes iguales.

Ahora, volviendo a mi casa en Madrid desde mi pueblo junto al mar, me invade la extraña sensación de estar partida por la mitad. De querer volver a casa, aun estando ya en casa. Siento una grieta en el medio del pecho, que se hace más grande cada vez que vuelvo de una casa a otra, echando de menos dos lugares a la vez, muriéndome de pena cada vez que me voy de uno para volver al otro y pienso en todas las cosas que me voy a perder.
Cada vez que vuelva a mi pueblo junto al mar mi madre será un poco mayor, quizá, de una visita a otra, alguno de mis perros ya no esté. Quedarán huecos que no vi hacerse, y que tampoco veré llenarse. Y durante el tiempo que esté ahí, mi vida quedará en pausa. Las clases y las amigas y la casa donde vivo. El tiempo seguirá corriendo mientras yo estoy como suspendida, y cuando vuelva me habré perdido conversaciones y eventos y alguna de mis plantas, probablemente, haya muerto (esta vez se me ha muerto un jazmín porque BF lo intenta, pero no tiene mano verde).

Hay gente a la que echo de menos cuando me voy, y gente a la que echo de menos cuando vuelvo. Echo de menos el mar y echo de menos poder ir a la librería sin tener que conducir. Echo de menos mi cama, y echo de menos el aire que huele a aire y no a humo. Quiero que el tiempo vuelva a correr y seguir moviéndome hacia adelante, y a la vez quiero quedarme en mi pueblo al lado del mar, donde parece que el tiempo no pasa.

Me parece maravilloso tener dos lugares a los que ir cuando tengo miedo. Dos camas donde dormir cuando todo se me viene encima y no sé para dónde tirar. Gente que me recibe a ambos lados de la grieta, aun cuando la siento tan grande que pienso que me va a tragar. Y sin embargo me arde la nostalgia por dentro cada vez que me monto al coche o al tren y veo alejarse el mar o la ciudad, cada vez que un paisaje familiar se sustituye por otro, y me dan ganas de llorar, pero nunca sé si por irme o por volver, o por todo. ¿Cómo lo hace la gente?, me pregunto a veces. ¿Cómo vives partida por la mitad? ¿Será que al final tendré que elegir una de las dos vidas? ¿O estaré siempre queriendo estar donde no estoy?


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