Sobre fracasar
«¿Cómo superas un fracaso?” «Te pones a trabajar de nuevo. Aprovechas el tiempo de calma que te permite el fracaso. Te recuerdas a ti misma que nadie te está prestando atención, y que es el momento perfecto para sentarte delante del ordenador y hacer otro juego. Lo intentas de nuevo. Fracasas mejor.» – Mañana y mañana y mañana.
A veces pienso que el problema con el fracaso, es que no siempre es es realmente un fracaso, aunque nos empeñemos en pensar que sí.
Por ejemplo, si nos empeñamos en que queremos hacer una cosa, si convertimos esa cosa en todo nuestro mundo, en eso que «se nos da bien», en «nuestra cosa», en el plan A, y en el plan B, y a veces incluso en el C, y resulta que al final no nos sale bien, que fracasamos, tiene todo el sentido que se nos venga el mundo encima, porque se supone que es algo que se nos daba bien, y al final no se nos ha dado tan bien.
Sin embargo, ¿y si realmente no se nos daba tan bien? ¿y si nos hemos moldeado en torno a algo que no estaba hecho para nosotras, por mucho que quisiéramos? Entonces, que saliera mal ya no sería un fracaso, ¿no? Porque, realmente, nunca hubo posibilidad de éxito.
Creo que la única forma de sobrellevar ciertos fracasos es aceptar que, tal vez, no es que hayamos fracasado, sino que nos estábamos aferrando a un clavo ardiendo, y ha acabado abriéndonos un agujero en la mano.
Realmente, fracasamos continuamente en muchas cosas, algunas tan pequeñas que ni les prestamos atención. Supongo que si nos viniéramos abajo con cada fracaso diario acabaríamos todas tirándonos por un puente, así que casi mejor que nos obsesionemos con sólo una cosa, con sólo un fracaso. Lo que pasa con eso es que ese fracaso se convierte en el centro de todo. Cogemos algo que adoramos y lo arropamos en esperanza, y cuando el resultado no es el que queremos, la esperanza se va deshilachando, poco a poco, hasta que cuatro hilos sueltos son todo lo que nos separa del FRACASO, así, en mayúsculas. La esperanza es la mayor enemiga del fracaso, pero creo que ni siquiera ella puede soportar una piedra y otra y otra y otra, antes de acabar sepultada. Todo acaba sepultado si le echas encima las suficientes piedras.
Y eso es lo que me hace pensar, ¿realmente se puede fracasar de manera tan estrepitosa, si algo realmente estaba hecho para ti? ¿de verdad puede salir tan mal, algo que se suponía que era tu plan A y B y C? ¿O has fracasado porque, realmente, era la única opción que tenías? ¿Porque ese plan A era realmente un plan D en el que te habías empeñado por a saber qué sueño infantil?
Cuando pienso en esa cosa que creía que estaba hecha para mi, se me convierte el pecho en un agujero negro. Y no debería ser así, no creo. Creo que si algo realmente está hecho para nosotras, no debería hacernos sentir insuficientes.
Quizá darse por vencida en según qué cosas no es fracasar, sino soltar el clavo ardiendo. Se nos llenarán las manos de ampollas, pero les dará el aire y podrán curarse, y con suerte no acabaremos con agujeros en las manos.
Además, aferrarse al clavo es agotador. Aguantar las piedras es agotador. No quiero fracasar mejor. Lo que quiero, realmente, es dejar de fracasar. Y para eso, a veces lo que hay que hacer es dejar de intentarlo.
A lo mejor así, esa cosa que dejamos ir hace hueco para que llegue otra, y tal vez esa otra sí que sea el plan A, el de verdad, eso que realmente es «lo nuestro». O quizá no. Sin embargo, si nos empeñamos en dar vueltas en torno a lo mismo eternamente, nunca lo sabremos.
Cuando lo pienso así, darme por vencida no parece algo tan terrible.
