El otro día un amigo me mandó un artículo que se llamaba «Tiro la toalla: ya no quiero ser escritor«. Mi amigo en realidad no era en absoluto consciente de lo que iba a hacerle a mi cerebro el texto que acababa de mandar, pero para cuando terminé de leérmelo, estaba totalmente destruida.
Ya está. Me rindo. Vosotros ganáis. Quienquiera que seáis. La sociedad, el capitalismo, el mundillo de la cultura, las revistas. No sé, pero ganáis. He remado como un esclavo. Me he tirado a matar al toro cientos de veces y siempre doy en hueso. Ya no me la juego más. Tiro la toalla: ya no quiero ser escritor.
No sé quién es el chico que ha escrito el artículo, pero sinceramente espero que esté bien. Mientras le leía no podía dejar de pensar en lo terrible que me parece verte obligada a tirar la toalla, a abandonar algo por lo que has luchado tantísimo, sólo porque te has quedado sin fuerzas para seguir intentándolo. Cuando le comenté a mi amigo lo duro que me había parecido el artículo, nuestra conversación acabó escalando y en un punto comenté que considero que, cuando te ves obligada a dejar ir algo que ha sido tan importante, me parece imperioso pasar un período de duelo, pero él no lo entendió. Me quedé totalmente patidifusa, porque a mi me parece obvio que dejar ir, y el duelo, van de la mano.
El duelo me parece la fase más importante de cualquier despedida, ya sea una muerte, una separación, o cualquier otro tipo de pérdida. Creo que necesitamos tiempo para procesar y para recuperarnos. Dudo mucho que haya alguien que, tras una ruptura importante, haya seguido con su vida tal cual, a no ser que estuviera disociada perdida, que todas hemos estado ahí, claro, pero no es lo ideal. Nuestro cuerpo y nuestra cabeza necesitan tiempo para decir «Vale, las cosas han cambiado, ¿Dónde estoy ahora? ¿Hacia dónde me quiero mover? ¿Cómo continúo?» O ni eso, o sólo un momento de paz en el que permitirnos no hacer absolutamente nada, como los animales enfermos cuando se hacen un ovillo en un lugar oscuro y fresco a esperar por la muerte o a la recuperación.
Creo que el duelo por las cosas que no fuimos, las cosas que no conseguimos, y las vidas que no vivimos, es igual de importante. De pequeña yo tenía muy claro cómo iba a ser mi futuro. No sabía cómo iba a ser mi vida, pero sí sabía que iba a escribir para vivir. No había otra opción, porque escribir era lo que se me daba bien, lo único que sabía hacer, y donde más cómoda me sentía. Desarrollé toda mi personalidad en torno a eso: ser la chica que escribe. ¿Cómo, entonces, podría seguir con mi vida como si nada, cuando decido dejar de escribir? Al igual que la gente que convierte su trabajo en su personalidad, y de repente se queda en paro, o eses amigues que desaparecían cuando se echaban pareja, y luego cortaban y ya no sabían qué hacer con sus vidas. Cuando dejamos que algo juegue un papel tan importante en nuestra vida, cuando lo entretejemos tanto en el tapiz de nuestra existencia, es imposible que arrancarlo no duela, que vernos obligadas a abandonarlo no nos deje un agujero enorme que nada más puede llenar, porque ya nos encargamos de que nada fuera igual de importante.
Los sueños que no cumplimos merecen un duelo. Las vidas que imaginamos y que nunca serán también. Las versiones de nosotras que nunca llegaremos a conocer, las que imaginamos los domingos con por la tarde, cuando nos juramos que cambiaremos de vida, las que se esfuman cada vez que nuestros esfuerzos caen en saco roto. Los fracasos que nunca convertiremos en triunfos también se merecen su duelo, de lo contrario, creo, nunca podremos dejarlos ir en paz.
Ahora, cada vez que me pongo a pensar en todos mis futuros imposibles, me detengo un momento y pienso «Vale, pero si eso no va a ocurrir, si tengo que dejarlo ir, ¿Cómo continúo? ¿Qué es lo que sí puedo controlar?» Y la respuesta es: a mi. Puedo controlarme a mi, y a los espacios que me doy para lidiar con las cosas que no puedo controlar. Puedo permitirme el tiempo necesario para que dejarlas ir no me resulte tan desgarrador, para pensar en qué caminos se abren, cuando el camino que yo creía que sería el mío se cierra.
En el artículo, Fran Navarro dice: «Solo quiero volver a disfrutar escribiendo.» Y aquí leyéndolo pienso que yo también, yo también quiero volver a disfrutar escribiendo, sin pensar que si mi escritura «no llega a ninguna parte» el mundo se va a acabar. Lo bueno de todo esto, supongo, es que después de transitar nuestros varios duelos descubrimos algo maravilloso, y es que el mundo, sorprendentemente, nunca se acaba.
