La guerra de las hormigas

Tengo la sensación de que cada vez que tengo algún tipo de crisis existencial interna, mi realidad externa la consumen los bichos.
La primera vez me pasó durante las navidades del 2022, en mitad de la crisis existencial más grande que he tenido nunca. Estando yo en la casa del árbol, que es donde dormía cuando volvía a mi pueblo, tuve una pequeña plaga de arañas patilargas. Esas arañas no pican ni nada, y una tampoco me molesta, pero vamos, que era una habitación de 2×2, y ellas eran mayoría por bastante, así que pasé como una hora intentando que se fueran, mientras fuera llovía a mares y no se veía nada. La cosa es que no se iban, y ahí estaba yo, ya tan desesperada que casi me pongo a llorar, y entonces caí en que lo mismo el problema no eran sólo las arañas, sino mi falta de control sobre ellas, lo que dejaba en evidencia mi falta de control sobre todo lo demás.
No se me da muy bien gestionar la incertidumbre, y mucho menos la falta de control, la verdad.
Esa misma noche, durmiendo en otro sitio, empecé a leerme el libro The Christmas Bookshop, de Jenny Colgan, que es un libro, objetivamente, bastante malo, pero consiguió que me olvidara de las arañas y de todas las cosas que no podía controlar, así que le estaré por siempre agradecida.

En 2024, cuando me mudé a mi casa actual, y estaba tan desubicada que no sabía ni siquiera si se podía beber el agua del grifo en este barrio (spoiler: sigue siendo Madrid, y se sigue pudiendo beber el agua del grifo), puse en la mini terraza unos suelos bien bonitos de esos de IKEA que hacen que todo parezca más fancy. Para mi sorpresa, no tuvieron nada de fancy, porque tuve una plaga de hormigas que se dedicaron a vivir ahí debajo hasta que los tuve que quitar. De nuevo, me vi envuelta en una lucha contra unos bichos, aunque esta duró bastante más de una noche, porque las hormigas, contra todo pronóstico, son bastante más tontas, o testarudas, que las arañas, y no se puede razonar con ellas. He de mencionar que odio matar bichos, cuando voy por la calle y veo un caminito de hormigas me voy para otro lado para no pisarlas, pero mi terraza es pequeña y no cabemos todas, y ellas eso no lo entienden o lo ignoran a posta.

Ahora, dos años después, vuelvo a estar en mitad de una crisis existencial, y mi terraza vuelve a llenarse de hormigas. Quizá son las descendientes de las de hace dos años y han venido a vengarse, no sé. Llevo dos días sellando cada recoveco y cada grieta de la terraza que he podido encontrar, con una masilla de no-sé-qué cosa que se me pegaba a los dedos lo más grande, porque soy de esa gente que nunca recuerda usar guantes. Me he lavado las manos con aguarrás como tres veces ya, que imagino que no debe ser muy bueno, a ver si ahora las hormigas a parte de con mi cordura se van a quedar también con la piel de mis manos.
Hoy, después ya de haber sellado todo, he visto que las desgraciadas habían encontrado otro sitio por donde salir. ¿Cómo? No lo sé. No entiendo esta absurda obsesión por meterse en sitios de los que claramente no van a salir bien paradas. Y a la vez admiro su determinación, que es mucho más intensa que la mía. Quiero decir, estas hormigas se están jugando la vida, abriendo caminitos entre el cemento y la masilla esa, para dar a parar a un suelo duro que no tiene ni césped, ni comida, ni agua, ni nada para que puedan sobrevivir. No tienen ningún sentido, pero ellas ahí siguen, y al final han salido vencedoras de esta pequeña guerra que estábamos librando, porque yo paso de volver a lavarme las manos con aguarrás, y porque, al parecer, como ya he dicho, no tengo tanta determinación como una hormiga.
Ya esto me lleva de vueltas a las arañas. Igual que mi problema no eran tanto ellas, como mi falta de control sobre ellas, y por consiguiente mi falta de control sobre todo lo demás, mi problema con las hormigas, tal vez no son sólo las hormigas, sino su determinación, que pone en evidencia mi propia falta de determinación.

Quizá por eso me he dado por vencida con la escritura. Quizá por eso no paro de darme por vencida con muchas cosas, una y otra vez, hasta que siento que cargo un saco lleno de fracasos. ¿Sería yo capaz de abrirme paso por el asfalto sabiendo que, probablemente, al otro lado me espere la muerte? Obviamente no. Tampoco soy capaz de esforzarme por hacer según qué cosas, incluso cuando sé que al final habrá recompensa, sólo porque la recompensa no es la que quiero. E incluso si la recompensa fuera la que quiero, no me veo capaz de esforzarme tanto por nada, a estas alturas. No sé en qué momento perdí las ganas de esforzarme por las cosas. ¿A quién puedo echarle la culpa, además de a mi falta de consistencia? ¿Al mundo laboral? ¿Al capitalismo? ¿A la guerra? ¿A Trump? ¿Al papa? y mi favorita: ¿A la suerte? Ojalá poder poder lavarme las manos y echarle la culpa de todo a cualquiera de esas cosas, o a todas, pero por desgracia, la realidad es que mi falta de consistencia es culpa mía y ya está. A ver, el capitalismo claramente no ayuda, pero si las hormigas pueden venir, verano tras verano, y abrir caminitos en el hormigón para ir a parar a mi terraza a pesar de todas las trampas que les pongo, yo también debería poder, no sé, escribir sin acabar hundida en la miseria, o aprobar una oposición.
Yo, desde luego, no sería de las hormigas que llegan hasta el final. A la mínima que viera que me tapan un par de huecos, ya me iría a hacer mi caminito a otro lado, y así probablemente viviera más que la mayoría de mis compañeras. Pero, ¿Qué pensarían las otras hormigas de mi? Ellas, tienen mucha más determinación que yo. ¿Qué pensarán de mi las hormigas de mi terraza, si supieran que no sólo me he rendido en nuestra pequeña guerra, sino que me he rendido también con todo lo demás?

La verdad es que, a estas alturas, ya me da igual si las hormigas colonizan mi terraza. Que se la queden, se la han ganado limpiamente y con esfuerzo. Al fin y al cabo, ¿Qué puedo hacer yo, que me doy por vencida con todo, contra la cabezonería y la determinación de una hormiga?
Ojalá ser ellas, la verdad.

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