Las echo de menos como se echa de menos al aire cuando estás a punto de asfixiarte bajo el agua, cuando tienes un ataque de ansiedad, cuando las manos invisibles del miedo te intentan estrangular.
A las palabras, quiero decir, echo de menos a las palabras.
Las echo de menos cuando leo las de otras, cuando los mundos de otras me llenan la mente, cuando sus voces me susurran, muy bajito, y mi visión de la vida cambia sólo un poquito.
Echo de menos las palabras cuando mi cabeza amenaza con dejar de funcionar, cuando los muebles del desván se apilan de tal manera que el suelo cruje, a punto de venirse abajo. Cuando olvido, a ratos, todo aquello que quiero recordar.
Las echo de menos cuando recuerdo lo que era tener universos en las puntas de los dedos, cuando recuerdo el sonido de las voces, la textura del suelo, lo importantes que eran para mí las vidas que existían sólo en mis sueños.
Cómo echo de menos las palabras cuando las llamo y ya no vienen.
Qué tontería fue pensar que eran infinitas.
Las palabras, digo, que ahora tanto duelen.
Las echo de menos como echo de menos a aquella amiga, la que me partió el corazón cuando se fue, y me lo partió cuando volvió.
Las echo de menos como echaría de menos la vista si mañana mi mundo se volviera negro.
Como echo de menos mi pequeña casa a la orilla del mar, o la ciudad donde, en sueños, siempre me encuentro.
Las echo de menos como se echa de menos la esperanza cuando está perdida, cuando el camino se hace largo y una retirada se parece demasiado a una huida.
Ojalá el recuerdo fuera más amable, el dolor más suave, y no las sintiera todavía, pulsando como un miembro fantasma, como la piel descarnada de las yemas de mis dedos.
Qué fácil sería si pudiera aceptar que la ceniza es ceniza, que el papel hace tiempo que ardió y dejó de ser mi amigo, y todo aquello que no llegué a escribir es ahora Pompeya. Ideas a medias convertidas en piedra, que no volverán a existir conmigo.
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