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Stuart estudia bioquímica (a ratos), vende droga (aunque no debería), y acaba siempre metido en algún lío (más veces de las que le gustaría). Una noche en la que ya estaba a punto de dar por concluida la fiesta conoce a Hale, que es alto, borde y tiene los ojos del color de la luna. Su primera intención es ser el héroe que salve a esa princesa del aburrimiento absoluto, sin embargo una redada hace que acaben huyendo de la policía y dicha princesa lo deje tirado en un polígono industrial. No es en absoluto como se había imaginado conocer al hombre de su vida, pero supone que hay maneras peores.

Hale estudia ADE (todo el tiempo), tiene problemas para controlar la ira (demasiados), y se rige por una serie de reglas que no rompe nunca (muchas y muy estrictas). Sin embargo, todas esas reglas empiezan a desaparecer una noche en la que, esperando a sus amigas a la salida de una fiesta, le entra el chico más insoportable que ha conocido nunca, y por alguna razón acaban huyendo de la policía en su coche. Sobra decir que, cuando lo deja tirado en un polígono, lo único que quiere es no verlo nunca más.

El destino, sin embargo, parece tener otros planes, y sus caminos, para bien o para mal, no dejan de cruzarse.